jueves, 28 de enero de 2010

La inevitable consecuencia de nuestros actos


Ya se acercaba el rumor de la guerra. Todo el mundo le había hablado de esa posibilidad, pero no se lo quiso creer hasta que vió el replandor de las bombas en el lejano horizonte. La primera noche sólo fueron puntos de luz en el limite que alcanzaba la vista. Podría haberse creido que era una tormenta lejana que pasaba bordeando el horizonte, pero ella sabía que no era así. Durante el día siguiente no pasó nada, todo parecía tranquilo. Demasiado tranquilo, tal vez, ya que los pájaros estaban más silenciosos que de costumbre. O a lo mejor no, a lo mejor siempre estaban tan silenciosos, pero el estar todo el día atenta a escuchar de pronto un bombazo en lontananza, hace que te fijes más en el restos de sonidos, a veces siendo consciente de ellos por primera vez. Cuando cayó la noche, el brillo de las bombas, más cercanas, ya era inconfundibles, aunque aun no se oían. También se veían muchas más. No fue hasta el atardecer del siguiente día, hoy, cuando empezó a notar los primeros rumores transportados por el viento. Un ruido grave, suave, que de vez en cuando rompía en dos esa tranquilidad que siempre había inundado este lugar, para que al cabo de un instante, volviese la calma. Aunque claro, ahora sí, los pájaros no volvieron a piar. Cuando cerró la noche, los resplandores estaban más cerca. Lo suficiente para saber que resplandor le correspondía a cada rumor.
Ya estaba cerca. Quizás aun había escapatoria, pero ya no quería escapar. Ya lo había hecho demasiadas veces en su vida, y ya estaba cansada de hacerlo. Ya era demasiado vieja para enfrentarse a la desesperanza de la huida, dejando atrás casi todo lo que era suyo, sin saber cuál será su destino, y cuándo llegará éste. Ya estaba demasiado cansada de huir, de trabajar, de vivir. Todos sus vecinos hace días que se fueron de allí, si se pueden llamar así a los cuatro pastores y las pocas familias pobres que vivían desperdigadas por esos parajes, que de vez en cuando se acercaban lo suficiente para ver si se encontraba bien, si necesitaba algo, y para contarle alguna de las pocas noticias que ocurrían en la región.
Fue así cómo se enteró de que habían vuelto los malos tiempos. Un día cierto pastor de los que por allí trashuman se acercó a su casa y le dijo que había oído que había vuelto la guerra. Tampoco le pilló de sorpresa. Llevaba demasiado tiempo viva para no saber que el ser humano de vez en cuando siente la necesidad de matar a sus semejantes, y ya tocaba. Los motivos no importan. El ser humano es así y no cambiará nunca. Pero ella no se va a ir. Quizás el rumbo de las batallas cada vez más cercanas cambie lo suficiente para que no le afecte a ella, pero tampoco le preocupa demasiado. A cada uno le llega la hora tarde o temprano, y en su caso, ya ha tardado bastante. Que sea lo que tenga que ser, ella ya está preparada para lo peor.

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